«El fuego es así, ama a quienes no le tienen miedo». 

Jean-Marie Gustave Le Clézio

1

La sirena del camión irrumpía en la quietud de una ciudad todavía adormecida, pero las emergencias nunca respetan el sueño. En la cabina, todos estaban concentrados, mientras que la radio de la central de bomberos rasgaba el silencio con las últimas instrucciones:

«Además del traje ignífugo, los que accedan al interior deberán emplear todas las protecciones, y esto incluye el Equipo de Respiración Artificial» —crepitaban los altavoces.

La condensación de vapor siempre les empañaba las viseras, por ello, el uso de los respiradores supondría cierto alivio, ya que dispondrían de suficiente oxígeno para respirar. Por un instante acudieron a sus mentes las rutinas de ese día: las cosas que se habían quedado por hacer, los planes de mañana; sin embargo, ninguna de esas cosas tenía importancia ahora, porque no era momento de pensar en nada más, sólo seguir las instrucciones. Por eso estaban tan callados, porque tenían que memorizarlo todo y porque ya se encontraban muy cerca del peligro.

Joan hizo girar las ruedas del pesado camión que además de las bombas, transportaba más de 5.000 litros de agua. La goma de los neumáticos restallaba sobre el asfalto como el cuero nuevo.  Minutos después llegaron a su destino, una zona industrial a las afueras de la ciudad. Joan frenó bruscamente delante de una fábrica de pinturas que ardía a fuego lento en una especie de crematorio. El humo era tan denso y oscuro que engullía la iluminación de toda la calle y la ceniza, que parecía un cieno volátil de plumas grises y sedimentos, se posaba en el grueso del suelo.

—¡Cada uno en su sitio! Eduard, llévate a Lluís.

Lluís era el novato, se había preparado a fondo y completado los entrenamientos con buena nota, pero este era el mundo real sin simulacros ni postureo. Sin importar el tiempo que llevara en el cuerpo, siempre sería el pardillo de la academia.

Ambos sabían muy bien lo que tenían que hacer y saltaron del camión para obedecer en el acto al jefe Cesc. Corrieron hasta las bocas de incendios y rompieron el cristal, lo habían ensayado cientos de veces, era una acción en solo cuatro movimientos. Doce segundos después, la presión del agua endurecía la tensión de las mangueras y pudieron dirigir el preciado caudal hasta el centro del techo. El edificio de ladrillo era una antigua fábrica de tres plantas con laboratorio, oficinas, el taller y un muelle de carga.

La estructura de hierro y cristal, al contacto con el oxígeno del agua, solo percibía cierto hormigueo y la voracidad de las llamas crecían y se propagaban exponencialmente a los esfuerzos del equipo de extinción.

Ellos eran la segunda dotación que acudía esa noche y estaba compuesta por siete bomberos, entre los que se encontraba Brenda O’Brien. La teniente estaba especializada en agentes químicos, el comportamiento del fuego en diferentes elementos y atención médica de primera intervención. Ella era dura de pelar y siempre se esforzaba al máximo, por lo que el resto del equipo la trataban como a un igual, pero nadie reconoce que tiene tendencias homófobas y machistas hasta que sus reacciones hablan por sí solas. Le había costado mucho trabajo superar las pruebas de ingreso y hacerse un lugar en el cuerpo de bomberos. Después tuvo que mantener una distancia de respeto y dignidad entre los más experimentados.

Casualmente, el número de su casco era el 343, exactamente el mismo número de bomberos que murieron durante el atentado a las torres gemelas de Nueva York. «Ironías de esa estúpida leyenda urbana sobre la ley de Murphy y el destino de las cosas», respondía siempre, a pesar de sus orígenes católicos.

—¡Qué miras novato! Solo es un número.

Lluís bajó la mirada hasta sus pechos, ahora cubiertos por una parka gruesa con cintas reflectantes.

—¡Menudo niñato! ¡Concéntrate en lo que estás haciendo si no quieres causar una baja y entorpecer nuestro trabajo! ¡A ver si espabilas!

La familia de Brenda había llegado desde Irlanda cuando ella solo tenía diez años y desde el principio quiso seguir los pasos de su padre, un bombero de Galway. Desafortunadamente no pudo mudarse con ellos. Lo que no hizo el fuego, lo hizo el tabaco, o quizá la mezcla de ambos. Era un buen hombre, esposo y padre, el centro de gravedad de Brenda, y desde entonces se había jurado a sí misma completar lo que él había iniciado.

—¡Teniente!, habla con el propietario y asegúrate de que no quede nadie dentro de la fábrica, -—ordenó el jefe Cesc a Brenda.

—Ya lo he hecho, jefe. Dice que todavía no han localizado al guardia de seguridad.

—¿Qué quiere decir con que no lo han localizado?

—No responde a la radio ni al teléfono.  —Añadió ella.             

—¿Podría estar todavía dentro? —Preguntó Cesc de nuevo.

Brenda no lo desmintió.

El jefe de bomberos no era lo que se suele decir, una persona sentimental, pero no soportaba la idea de perder a nadie bajo su mando.

—Si está todavía ahí, tendremos que sacarlo. ¿Quieres acompañarme?

Mientras el jefe y la teniente se preparaban para entrar, Didac, el sargento, ordenaba el uso del Aqueous; una mezcla de espumas acuosas basadas en una combinación de sustancias sintéticas.

Todo estaba orquestado para que tuviera un sentido armónico de compenetración, cada uno seguiría la misma partitura y sabía exactamente lo que debía hacer.

Accedieron por el muelle de carga y Brenda siguió las pisadas de Cesc. A una leve indicación del jefe se apartó de la puerta y este empuñó el hacha. Se detuvo un instante delante de la madera, con la mano muy cerca de la superficie, levemente inclinado como en una profunda conversación con Dios. Ambos sabían que para evitar el backdraft o explosión de gases en contacto con el oxígeno puro, nunca se debía abrir una puerta de un solo golpe. Cesc lanzó una última mirada a Brenda y rompió la cerradura de la puerta. Al momento, un humo negro y denso se filtró a través de la nueva rendija. Cesc, empuñando el hacha, atrajo un poco más la puerta hacia sí y afortunadamente, no hubo deflagración, después de realizar una última comprobación hizo un nuevo gesto a Brenda para que le siguiera.

—¡Recuerda! Longitud, altura y profundidad.

La lección de las tres dimensiones venía a decir: “no te olvides mirar también hacia arriba”, así es que Brenda iluminó con su potente linterna una buena parte del techo.

—Parece que no aguantará mucho tiempo. —Le dijo con voz en cuello.

El agua que se filtraba por el tejado había creado en el suelo charcos de estucado y arena que se adherían a sus botas.

—¿Dónde estamos? —Preguntó Cesc, y al momento una voz metálica desde la central de bomberos respondía:

—Habéis dejado atrás el muelle de carga y las oficinas de expedición. A la derecha encontraréis un hall para las visitas, a la derecha un pasillo de oficinas que os llevará hasta la escalera. El laboratorio está en el primer piso

El trabajo en la centralita es muy importante. Algo que me repetía a mí mismo y que constantemente me recordaba el jefe Cesc: «alguien debe recibir las llamadas de socorro, dar la alarma y escoger la ruta», en cierto modo estaba de acuerdo con esto, pero me costó mucho esfuerzo adaptarme, me hormigueaban los pies y echaba de menos esa sensación de intensidad afilando todos mis sentidos. Como decía el sabio: «el fuego que crece en el corazón, llena de humo la cabeza».

Casi doce años acompañando al jefe y a los chicos en todas las emergencias, y ahora estaba aquí, atado a una mesa de despacho y a un micrófono por culpa de aquel estúpido accidente. Una caída de casi siete metros, que afortunadamente no me dejó tetrapléjico, pero que, en muchas ocasiones, como ahora, me hacía sentir un estorbo. El verdadero motivo por el que todavía continuaba en el cuerpo era Brenda, y mi ingenua esperanza de que todavía tendría una oportunidad con ella. Por supuesto, el accidente no fue mi única torpeza. Brenda no era, lo que se suele decir, una chica fácil y yo era el auténtico dummie de las relaciones de pareja. Yo y mis absurdos temores. A que solo se acercara a mí por compasión, a no saber cómo comportarme cuando estaba cerca, o cómo construir una vida juntos en medio de un crispado ambiente de incendios y riesgos de accidentes. En fin, estaba hecho un lío y tanto tiempo de inactividad me estaba matando, ¿dónde estaría ella en este momento?

El estruendoso aviso de la radio irrumpió en el silencio de la central:

—Bravo 14 (jefe de la división de equipos) …Bravo 14. Posible 4.4 (derrumbamiento)

—Oscar 1 (Centralita) Recibido. Paso comunicación al equipo.

La centralita contactaría con el sargento para extremar precauciones.

—Bravo 14… —La voz del jefe Cesc volvía a sonar con mucha interferencia…

—Código 20 (Persona en peligro) —La teniente y yo estamos cerca del laboratorio. Tenemos un montacargas a nuestra izquierda, localiza una vía de evacuación rápida, estamos buscando al guardia de seguridad.

La adrenalina regresó en forma de angustia a las manos de Julio y comenzó a deslizar el cursor del ratón por todas las imágenes que aparecían en la pantalla con los planos de la antigua fábrica. 

—Oscar 1 … —Salida al exterior en veinte metros, a la derecha hay una puerta cortafuegos con palanca antipánico.

—¡Jefe! —Exclamó Brenda apuntando con su haz de luz un rincón del pasillo.

Julio pudo oír su voz desde la centralita:

—¿Qué pasa, jefe?

—Hemos encontrado al vigilante, procedemos a la extracción….

Después de esto un fuerte estruendo dejó muda la comunicación, no era una explosión, era más bien como un agudo chirrido acompañado de golpes.

—¡Bravo 14! ¡Bravo 14!… ¡Jefe! ¿Qué ha pasado?

La radio estaba en silencio…

Julio llamó al sargento…

—Todavía no sabemos nada, se ha hundido el techo, apenas podemos respirar. Pide refuerzos y personal sanitario.

—¿Qué pasa con el jefe y Brenda?

—Aún no han salido. La nube de humo no nos deja ver nada…

Julio se quedó un instante en el más profundo de los limbos. Era tal su abstracción que por un momento no recordaba ni dónde estaba. Casi medio minuto después reaccionó como una especie de Terminator y comenzó a llamar a todo el mundo que estuviera despierto y que pudiera conducir una UVI móvil.

Ya habían pasado más de cuarenta minutos y todavía no había recibido ninguna noticia de la fábrica, la espera le estaba matando, pero sería una negligencia imperdonable abandonar la estación y la centralita en un acto desesperado por acudir.

—Oscar 1. —Resonó de nuevo en la base.

—Regresamos a la base. —Julio reconoció la voz de Didac, el sargento.

—¿Ha ido todo bien? —le preguntó saltándose todo el protocolo de comunicaciones.

—El jefe, Brenda y un guarda de seguridad han sido trasladados por la UVI móvil, nosotros hemos sido sustituidos y vamos de regreso.

—Enseguida nos vemos —¡corto!

Julio estaba en la centralita absorbiendo toda aquella incómoda desesperación, dejando que sus viejos fantasmas volvieran a visitarlo, los segundos caían sobre aquel enorme vacío como el goteo de una vía intravenosa.

El camión entró en el hangar todavía humeante y el equipo desprendía vaho por todos los poros de la ropa, las botas dejaron un rastro de ceniza en el suelo hasta las duchas.

—¿Qué ha pasado? —Se apresuró a preguntar Julio.

—El techo no aguantó y ahora tenemos al jefe y la teniente en el hospital. 

—¡Un desastre! —Añadió Lluís, el novato.

Dos días después, los chicos pudieron sustituirme en la centralita y acudí al hospital. Era un martes y de camino compré unas flores y unos caramelos de miel, los preferidos del jefe.

El autobús H2 tardó casi treinta minutos en llegar hasta la parada más próxima, después caminé un poco hasta la puerta del hospital Quirón.

Ambos convalecientes estaban en la planta de traumatología, con otros accidentados que habían quedado atrapados en un vehículo o lesionados en sus lugares de trabajo.

—¿Ahora me traes flores?  —Preguntó el jefe Cesc a Julio

—No te hagas ilusiones, a ti te he traído tus caramelos. ¿Cómo te encuentras?

—Rotura de pelvis por dos sitios y tres costillas, afortunadamente no han perforado el pulmón. Y tú, ¿qué tal vas con la pierna?

—Bien, jefe. El doctor dice que sentado ni se me nota. ¿Tendrás que estar mucho tiempo inmovilizado?

—Por lo menos veinte días de hospital y después varios meses de rehabilitación ¡Una suerte! Sobre todo, si tenemos en cuenta la viga de hierro forjado que había caído a pocos centímetros de mi cabeza. ¿Qué tal el sargento, es muy severo con vosotros?

—Didac hace lo que puede, es un tocapelotas, pero hemos decidido colaborar.

—Me alegro, y ¡a qué estás esperando! ¿Quieres que estas flores se marchiten a mis pies como si ya estuviera en el cementerio? ¡Vete ya, que son las cuatro y me vas a estropear los avances deportivos!

—Ok, jefe, cambio y corto. Espero que no te atragantes con los caramelos. Cesc sonrió: —No pierdas más tiempo y dale saludos a Brenda de mi parte.

Julio caminó por el pasillo de la tercera planta, las enfermeras cuchicheaban sobre él, parecía que, a pesar de su leve cojera, todavía estaba en buena forma, y esto le dio cierta confianza.

Llamó a la puerta con los nudillos y estiró su parka para mejorar su aspecto, pero no respondió nadie. Entreabrió una rendija y vio a Brenda dormida, con el brazo derecho escayolado. Cerró lentamente y regresó después con las flores, pero esta vez en un jarro de cristal que colocó en la mesita, junto al reloj de Brenda, el que todos le regalaron el primer año de servicio.

Después se sentó en un mullido sillón a esperar a que despertara y se quedó allí observando su aura de ángel somnoliento.

Todo estaba en silencio a excepción de un gráfico de constantes. La luz era tenue y el ambiente tan suave que invitaba a la abstracción.