Ut hora sic fugit vita tempus edax rerum
Cuando la hora de la vida pasa, el tiempo lo devora todo
Sobre los cuentos
Todos los niños y niñas del mundo recuerdan un cuento cuando ya son adultos, uno entre todos los demás. Quizá fue porque se lo regaló alguien muy especial, o por sus personajes, la historia o por las ilustraciones que acompañaban sus páginas, ese relato siempre estuvo guardado en su corazón.
El cuento que ahora tienes en tus manos no pretende escalar una cima tan alta como para encontrarse entre uno de ellos, pero si alguna de sus frases o instantes se parecieron a algo que ya habías vivido antes, deseo que sepas que no fue por casualidad.
Alguien que te quiere mucho me susurró al oído algunos pequeños secretos sobre tu mundo: el color de tus lápices, tu canción preferida o lo que una vez te puso triste.
Así es que, este cuento es sobre ti. Sobre cosas que reconocerás como tuyas y tan próximas que pensarás que alguien te estuvo observando a través de un agujerito en el cartón de un inmenso decorado que es tu vida.
Y sabes una cosa…, cada vez que lo leas o que tus padres lean para ti las frases de estas páginas, algo fantástico ocurrirá en tu interior y hará que con tu inagotable creatividad puedas respirar y tocar el maravilloso mundo de los lugares aquí imaginados. Lugares de los que alguna vez tu mente se alejará adentrándose en el bosque oscuro del atardecer de los días.
Felices sueños
Cuentos bajo la almohada
by Manuel Julián
Cuento 3
El escudero de Flandes
Albert asiste con sus padres a una feria medieval donde conoce a un joven que afirma vivir en el año 1320 a finales de la edad media.
Fabián de Flandes ha realizado un fortuito salto en el tiempo y se encuentra atrapado en nuestra época sin medios para sobrevivir.
Aquí es donde coincidirá con Albert, quien tendrá que ayudarle a regresar a su tiempo. Mientras tanto Fabián vivirá unos días en el siglo XXI y conocerá los Smartphone, el DVD, Facebook o las hamburguesas.
Mientras encuentran la manera de que Fabián regrese, Albert comprenderá que debe valorar muchas de las cosas que tiene en su mundo tan avanzado tecnológicamente, porque alguien como Fabián es capaz de ser feliz casi sin nada.
1
Bélgica, otoño de 1320
En algún lugar entre Hove y el condado de Edegem.
Fabián caminaba lentamente hacia los establos, nunca le había sentado demasiado bien madrugar, pero su señor había insistido en que la silla de montar debía estar correctamente pulida y embetunada antes de iniciar la marcha. Era un maniático de la pulcritud. Los herrajes tenían que brillar y el cuero nutrirse con grasa de foca, además, los caballos, muy cepillados, debían mostrar —según decía él— sus crines como hilos de trigo mecidos por el viento —menuda cursilada— y la armadura tenía que lanzar destellos de acero. Todo ello no era nada más que una de esas tareas que debía realizar de continuo, pero con esmero. Su madre se lo había dejado bien claro: “Fabián, necesitamos ese dinero. Con la venta de las hortalizas, solo podemos malvivir”.
El padre de Fabián había combatido al servicio de Pedro I de Castilla, pero murió poco después a consecuencia de la peste bubónica. En el fondo y esto es algo que sólo sabía él, nunca había superado la muerte de su padre. Poco después, a mediados del siglo XIV, cuando apenas contaba con catorce años de edad, se produjo un cambio climático. Las hortalizas se congelaron y se pudrieron en la tierra durante una pequeña edad de hielo que duró casi cuatro años y que arruinó miles de cosechas. La familia de Fabián y otros millones de personas de toda Europa sufrieron una gran hambruna. No habían transcurrido ni cuatro años desde entonces y Fabián contaba con el vigor de la juventud y la ilusión de lo desconocido.
El cocinero galo había terminado de preparar la comida del viaje, un camino de cuatro días hasta las tierras de Brugge. Su señor tenía pensado comprar media docena de caballos en la plaza del mercado, aunque, siendo sinceros, su principal interés era reencontrarse con la hermosa Magdala y sus maravillosos labios de adormideras. Lo de los caballos no era nada más que un pretexto. Sin embargo, para Fabián, la compra de los caballos supondría más trabajo extra.
Las ocupaciones de un escudero en tiempos de paz eran similares a las de un mancebo: las compras, las tareas del hogar, el cuidado de las caballerizas, lo que incluía limpiarlas de excrementos y la entrega de mensajes lacrados a Magdala. Su señor le enviaba con mucha frecuencia a Brugge con aquellos estúpidos y ardientes mensajes de amor; por lo que el camino de hoy no tendría demasiados secretos para Fabián. Él ya lo había recorrido al menos un centenar de veces. Fabián conocía bien todos los atajos, los escondrijos de los bosques y las posadas de confianza. Su robusto percherón podría realizar aquel trayecto con los ojos vendados.
Eran casi las ocho de la mañana y la comitiva ya estaba a punto para salir. Seis hombres de su confianza, dos de ellos ya habían combatido a su lado en el norte, además de cuatro lacayos entre los que se encontraban Fabián, el cocinero y el veterinario. Todo ello adornado por banderines y blasones de terciopelo escarlata con los escudos de armas. En total once almas de nuestro señor y los pertrechos del viaje.
La madre de Fabián siempre se conmovía al ver a su hijo alejarse, con el mimo temor que sintió por su esposo, quien nunca regresaría.
—Abrígate, ten cuidado con las alimañas del camino, come algo, estas demasiado delgado, obedece en todo y muestra buena disposición, —le había dicho antes de partir. Era lo que siempre le recomendaba, que se comportara bien y que tuviera cuidado. A Fabián le incomodaban tantas precauciones, ya no era un niño. Hoy además vestía su jubón preferido, el de paño verde, el que más le gustaba y en el pecho el escudo de armas que su madre le había bordado con hilo de terciopelo. Con aquella ropa se sentía seguro y confortable, impregnado de la permanente sensación de que todo iría bien.
Los cascos de los caballos, una carga pesada de hombres armados y un carro arrastrado por dos animales de tiro producían un eco descompasado al cruzar el puente de Durbuy. El pueblo quedaba atrás, como otras veces, fundiéndose entre la neblina que se nutría de los frondosos árboles en el paso de Hove. La propia naturaleza engullía su recuerdo.
Sir Belund de Smalend charlaba animadamente con alguno de sus hermanos de armas, su impoluta coraza reflejaba los destellos de un tímido amanecer casi ahogado por la fronda y Fabián pensó en aquellos maravillosos dulces que elaboraban cerca de los muelles de Groen. Le gustaba especialmente el de manzana con crema y arándanos sobre un volován de hojaldre, este era su favorito, aunque bien pensado también se comería el pudin de naranjas confitadas y dulce de leche. ¿Cuál de los dos estaría más bueno? En cuanto llegara a la ciudad resolvería sus dudas.
Ya habían transcurrido seis horas de camino cuando su señor ordenó un descanso a las puertas de Bosque Oscuro. Sir Belund descendió de su carruaje, despacio y con gesto ampuloso tratando de ocultar de la vista de todos los demás su mayor y más preciada reliquia familiar; el medallón de Brabante.
Mientras los caballos bebían de las cristalinas aguas del arroyo, los jinetes aprovecharon para caminar un poco y desentumecer las piernas. El cocinero galo vertió algo de vino en sus copas y sirvió tocino con rodajas de pan tierno. La quietud de aquel lugar inspiraría al propio trovador de Ventadorn.
Una pequeña rama crujió en el bosque e instintivamente Fabián asió la empuñadura de su espada adentrándose silenciosamente en la espesura. Con movimientos lentos y meditados seguía aproximándose hacia el lugar de donde procedía el extraño sonido para descubrir que se trataba.de un cachorro de jabalí. Un jabato de incipientes colmillos y pelo espeso y erizado. Sentía curiosidad y a la vez desconfianza por el humano. Fabián, agachado le lanzaba algunas bayas y moras silvestres que el jabato devoraba con verdadera satisfacción, pero algo le hizo detenerse, un olor extraño mantenía su afinado instinto en alerta. Instantes después Fabián oyó el bramido de voces, el relinchar de los caballos y el batir de las espadas, signos inconfundibles de la lucha cuerpo a cuerpo. Abandonó lo que estaba haciendo para regresar inmediatamente, pero cuando llegó hasta la comitiva, ya era tarde. Los bandidos, una horda salvaje formada por una treintena de piratas voraces y despiadados ya habían asesinado a todos los miembros de su grupo, ni siquiera tuvieron compasión del pobre Boniface, el veterinario. En el suelo yacía su señor Belund sin vida, la confusión se reflejaba en sus ojos inertes. Fabián sintió lástima por aquel hombre que le había acogido desde su infancia. De su cuello asomaba un hilo de sangre roja y densa, a pocos metros de él y semi oculto entre la hierba el preciado medallón de Brabante.
2
El medallón de Brabante
Fabián comprendió que los piratas no habían advertido la existencia de aquella joya, pero era demasiado arriesgado abandonar su escondite para recuperarla. Debía irse cuanto antes porque los perros no tardarían en olfatear su miedo, cada instante que permanecía allí acortaba sus posibilidades y sin embargo, en cierto modo se lo debía a su señor. El medallón era algo muy especial para Sir. Belund, un botín de guerra durante las cruzadas en Mesopotamia. Había pertenecido a Gilgamesh, y se rumoreaba que se trataba de una joya muy especial, una especie de medidor del tiempo, aunque ninguno de sus sabios supo nunca cómo funcionaba.
Sir Belund le había dicho una vez: —Hijo, todo lo mucho o poco que he conseguido en esta vida ha sido siempre arriesgado, nada se logra quedándose dormido.
Fabián decidió en el siguiente instante que no iba a quedarse dormido. Muy agachado, caminando con los codos como un reptil, se aproximó al medallón, ya casi podía rozarlo con los dedos cuando un cambio repentino de brisa atrajo su olor corporal hasta el agudo olfato de los perros. Los persistentes ladridos pusieron en alerta a los piratas descubriendo sus intenciones. Ese interminable segundo parecido al de un tronco flotando en el agua no podía durar mucho tiempo, así es que sin pensarlo dos veces Fabián recuperó la joya y se adentró apresuradamente en Bosque Oscuro.
Los ladridos de los perros cada vez eran más ensordecedores, casi podía notar sus jadeos detrás de él. Fabián corría y corría sin mirar atrás, sin saber muy bien hacia dónde dirigirse. El peso del medallón en su cuello le obligaba a tomar conciencia de lo que había hecho, pero no podía pensar en eso ahora. Debía encontrar la manera de huir.
Nunca se había adentrado tanto en Bosque Oscuro, los perros y varios piratas a caballo seguían tras el rastro del fugitivo y no estaban dispuestos a dejarlo escapar. Fabián comenzaba a sentirse muy agotado por la intensidad de la persecución, sus piernas temblaban, todo su cuerpo se encontraba ahora tenso y sudoroso, tropezando una y otra vez con las irregularidades del terreno. Una rama le hirió en el brazo, le escocía la herida, pero debía continuar. Al levantarse vio lo que parecía una cueva en la ladera de un promontorio. Apartó el ramaje y entró.
Los perros llegaron en seguida, estaban muy excitados, sus colmillos babean por la presa, pero no entraron. A continuación aparecieron tres bandidos a caballo, estaban extenuados y muy, muy enfadados. Uno de ellos pidió a los demás que se calmaran y le dejaran hablar:
—Hola joven, sabemos que estás ahí dentro. Has demostrado ser un chico muy valiente, pero tienes algo que nos pertenece. Solo tienes que entregarlo y te dejaremos en paz. No te va a pasar nada.
Fabián no podía fiarse de ellos, la sola frase “no te va a pasar nada” ya era una promesa repleta de falsedades y había decidido continuar allí dentro en silencio. La cueva era muy oscura y profunda, de vez en cuando se oía una gota caer sobre alguna superficie acuosa. Esa gota le decía a Fabián que el tiempo se acababa.
—Muy bien, hijo, te estamos esperando. No nos obligues a entrar —los perros están hambrientos —dijo el otro pirata, y los tres rieron jocosamente imaginando que el miedo le obligaría a salir.
Fabián pensó en la plácida vida que había llevado hasta ahora en el pueblo, en sus frecuentes visitas a las pastelerías de Brugge, en las tardes de pesca junto al río, en alguno de sus viejos amigos…, pero algo interrumpiría aquellos pensamientos, un pequeño gruñido, al principio se trataba de un sonido imperceptible, como un áspero bostezo. El gruñido se acercaba a él acompañado de unas leves pisadas. Fabián desenvainó su espada, un insignificante haz de luz se filtraba por el techo y él se acercó lentamente a esa única claridad. Poco después un osezno, un cachorro de abundante pelaje salió de la penumbra y se detuvo ante él. Ambos se miraron sin saber qué hacer, el osezno sentía curiosidad, en realidad lo único que quería era jugar un poco con el nuevo animal de piernas largas. Fabián envainó de nuevo su espada preguntándose dónde estarían los padres del animal. La cueva ya no era un sitio seguro, pero fuera le esperaban los piratas.
—¡Está bien, muchacho, si no ha de ser por la buenas, será por las malas!
Los piratas ya se disponían a entrar, aunque los perros, sin motivo aparente, rehusaban acompañarles. Los bandidos estaban confusos y desconcertados, no sabían muy bien a qué obedecía aquel extraño comportamiento, era la primera vez que les sucedía una cosa así. Mientras tanto, la madre del osezno, un ejemplar adulto de gran corpulencia y afiladas garras regresaba a su guarida. Volvió a rugir a los intrusos levantándose esta vez sobre sus patas traseras, la crin de su pelo ocre se erizaba a lo largo de su espalda y su aliento formaba una mezcla de vaho y escamas. Fabián observaba desde su escondite el nuevo rumbo que habían tomado los acontecimientos y aprovechó la confusión para escapar. En pocos instantes, uno de los piratas logró recuperar su montura y salió en su persecución abandonando a los demás a su suerte. Cegado por la codicia del medallón fustigaba su caballo con saña dispuesto a no perderlo de nuevo.
Fabián llegó al final del sendero en el que el bosque se abría a un nuevo espacio. A unos treinta metros bajo sus pies descansaba un lago al que afluían los deshielos de las cumbres. Delante de él toda aquella abundante superficie acuosa y detrás el sanguinario pirata armado y furioso. ¿Qué podía hacer? La caída era muy peligrosa, podría golpearse contra las rocas y quizá quedarse sin fuerzas para emerger.
Fabián toco su pecho, acarició el medallón y saltó al agua…….
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